Las alucinaciones de una rata

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Agarró sus pechos con las manos y los apretó contra su pene, humedecido con su propia saliva, y lo movió arriba y abajo, con los ojos cerrados por la concentración. Alice, con los ojos abiertos, intentaba pasar un brazo alrededor de Tsung para tocarse, pero no lo consiguió. Cuando él se corrió, el semen cayó sobre su garganta, su cara y su pecho.

- Y pensar -Tsung abrió los ojos- que tu virtud sigue intacta.

- Mi himen, querrás decir.

Él le limpió la barbilla con la mano.

- Ya sabes que eso es lo único que cuenta. -Tsung tendió a Alice su dedo índice-. Pruébalo -dijo-. Soy yo.

Alice se sentó abrazándose las rodillas.

- ¿Por qué?

- Por educación. Además, me tienes cariño, ¿verdad?

Kathryn Harrison - Los pies de la concubina

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