Espionaje y Contraespionaje

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Es mi opinión, basada sen sesenta años de experiencia, primero como funcionario del Gobierno y en los últimos cuarenta y cinco años como historiador, que el interés de nuestro Gobierno por la información secreta acerca de los asuntos que acontencen en el resto del mundo ha sido sobreestimada en demasía. A mi juicio, más del 95% de lo que necesitamos saber podría muy bien obtenerse mediante un cuidadoso y competente estudio de fuentes de información perfectamente legítimas, abiertas al alcance de todos en los ricos fondos bibliotecarios y en los archivos de este país. Buena parte del resto, si no pudiese encontrarse aquí (y sería bien poco), se podría extraer sin secreto alguno y con toda facilidad de fuentes similares en el exterior.

En Rusia, en la época de Stalin y en los años posteriores, la preocupación casi psicótica del régimen comunista por los secretos de Estado daba una lógica legitimidad al hecho de que muchos pusiésemos un énfasis especial en los esfuerzos por penetrar en ese telón de acero mediante nuestros propios métodos secretos. Esto condujo, por supuesto, a la creación en nuestro país de una vasta burocracia dedicada a este propósito en particular, y esta última, tras las moda de las grandes estructuras burocráticas, ha perdurado hasta el día de hoy a pesar de las múltiples razones que existen para su desaparición.

Incluso en la era soviética, buena parte de dicha burocracia era del todo superflua. Mucho de lo que conseguimos mediante unos métodos secretos tan elaborados y peligrosos habría estado aquí en nuestro poder desde siempre, previo requisito de un análisis detallado y académico de lo que ya teníamos ante nuestros ojos.

El intento de obtener información mediante métodos secretos entraña otro grave efecto negativo del que a menudo nos olvidamos. El desarrollo de fuentes clandestinas en otro país implica, por supuesto, el despliegue y la explotación de agentes secretos en dicho país. Esto provoca, naturalmente, la organización de un esfuezo sustancial en cuanto a contraespionaje por parte del Gobierno del país en cuestión, lo que a su vez nos obliga a responder con un esfuerzo igual de vigoroso de contraespionaje para mantener la integridad de nuestro trabajo de espionaje.

Esta competencia de maniobras de contraespionaje tiende a desarrollarse hasta alcanzar dimensiones que eclipsan por completo el intento original de obtención de información que le dio origen. Adquiere aspectos que hacen que se lo contemple como un juego jugado según sus propias reglas. Por desgracia, se trata de un juego que requiere un carácter morboso y dramático que centra la atención tanto de quienes lo practican como de la prensa, que lo explota. Es tanta la fascinación que ejerce que tiende a oscurecer por completo, incluso para el público general, las razones originales para ello.

Sería interesante saber qué proporción de las energías, los gastos y el trabajo burocrático de la CIA se destina a esta desgastadora competencia, y si a alguien se le ocurrría alguna vez contrastarlo con el valor de sus objetivos iniciales, casi olvidados. Uno se pregunta si en alguna ocasión la gente reflexiona sobre el hecho de que la mejor forma de protegerse contra la invasión de los secretos de uno por parte de los demás consiste en tener el mínimo de secretos que ocultar.

George F. Kennan - The New York Times, 18 de Maio de 1997

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